Por qué hay que ver: Niños del hombre

El drama distópico de Alfonso Cuarón se siente tristemente actual e igual de poderoso que hace diez años
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Puntaje: 9/10
“Todo es una batalla mítica, cósmica, entre la fe y el azar”.
Recientemente la revista cultural estadounidense Vulture celebró el décimo aniversario del estreno de Niños del hombre, la película distópica de Alfonso Cuarón estrenada a fines del 2006. En ese especial, Vulture destacó sobre todo la relevancia del filme en el panorama actual de división post-Brexit, en plena y brutal crisis de refugiados, en los días posteriores a la caída final de Alepo en Siria, en las horas previas al amanecer de la administración Trump. Es un especial fantástico, con entrevistas a Cuarón, datos curiosos como la casi participación del artista Banksy en el área artística de la película, análisis de la impactante dirección de fotografía de Emmanuel “Chivo” Lubezki (el ganador de los últimos tres óscars en la categoría) y un intento de explicación de por qué Niños del hombre no tuvo éxito en su momento.
Esto último motivó la anexión de la película a esta sección de Moog sobre productos culturales del pasado que vale la pena revisitar: ¿por qué alguien no vería Niños del hombre?
La historia tiene lugar en el año 2027, con el mundo sumido en el caos. Hace 18 años que no nacen niños en ningún lugar del planeta (el último es un argentino, Diego, asesinado en las calles de Buenos Aires apenas arranca la película por un fan), y el único país que se sostiene en pie es el Reino Unido, gracias a su política de aislamiento con el resto de la comunidad internacional. Miles de personas llegan al país buscando refugio y se chocan de frente con un rechazo total, que los lleva a campos de concentración en pésimas condiciones. Al gobierno autoritario solo le hacen frente los Peces, una organización guerrillera cuyos integrantes son considerados como terroristas por un bando y como activistas políticos por el otro, liderados por Julian (Julianne Moore). El ex de ella, Theo (Cive Owen), hace dos décadas que dejó el activismo y vive su vida prácticamente como un zombie sin demasiado interés por el horror que lo rodea, hasta que es absorbido nuevamente por el remolino cuando Julian le pide ayuda para conseguirle papeles falsos a una refugiada, Kee. No cualquier refugiada: la primera mujer embarazada en una generación.
A nivel guion es donde están los fallos de esta obra, con un primer acto en el que hay un universo que explicarle al espectador, y que los cinco escritores acreditados (más Clive Owen, que hizo aportes sin crédito) no supieron presentar de una forma visual. En lugar de eso, los personajes hablan sobre cosas que ellos ya deberían saber para transmitirle la información al espectador. Si la regla principal del guion es “mostrá, no digas” (show, don’t tell), aquí el equipo fracasó. De todas maneras, sobre esa base se construye un edificio de proporciones tremendas ya desde el papel.
Hay que destacar la visión clarísima de Cuarón, que trabajó para lograr una puesta en escena densa, riquísima en detalles, ya sea para los melómanos (un chancho volador, referencia no solo para el que Pink Floyd ponía sobre el escenario sino también para la historia que la banda contaba en el disco Animals) o los conocedores del arte plástico (el Guernica de Pablo Picasso, representación del horror de un bombardeo durante la Guerra Civil Española, expuesto detrás de Theo mientras se mete en el embrollo de Julian y los Peces). No se queda ahí: este análisis profundo y un poco muy politizado de Nerdwriter en YouTube muestra más al respecto.
Sobre todo hay que resaltar el trabajo de Emmanuel Lubezki, un maestro de los planos secuencia largos y elaborados (es el mismo de Gravedad, Birdman y El renacido). Junto con Cuarón pretendían llevar a la pantalla la sensación de horror, decadencia humana y violencia contra los desprotegidos que se da en la historia, y lo hicieron a través de detalles de fondo y en particular a través de secuencias sin cortes -o con cortes escondidos- que se sienten más reales. Vulture destaca las dos más famosas, una que ocurre por entero dentro de un auto (para la que se construyó un sistema de filmación tan impresionante que raya en lo ridículo) y otra que abarca catástrofes múltiples por las calles de un campo de refugiados, una de las escenas más potentes del cine de los últimos años. Además hay que resaltar otra, mucho menos extensa pero no por eso menos memorable: el parto de Kee, en el que uno prácticamente se siente un obstetra y queda de boca abierta tanto como ella.
Niños del hombre comienza con una explosión terrorista en un café, en la que es imposible determinar si los responsables son los propios gobernantes intentando una cortina de humo o si los rebeldes están detrás; y termina con una matanza que recuerda las peores batallas y destrucciones de ciudades de la historia reciente, ya sea la de Varsovia en Polonia o la de Dresde en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, la de Srebrenica en Bosnia Herzegovina en los 90, o la ya nombrada batalla de Alepo en Siria, finalizada oficialmente en los días pasados. Esta última resuena en la memoria más que las demás por su cercanía temporal, y también por eso del terreno moral gris: ¿quiénes son peores, el gobierno o los rebeldes? ¿Porque uno sea un poco mejor que el otro significa que son los buenos, por más sangrientos y criminales que sigan siendo?
No, no es para nada una película alegre. Te golpea con contundencia. Es una visión terrible del futuro, que a fines del 2016 se siente ya no tan lejana sino casi actual, desde las cámaras omnipresentes en Londres a las explosiones aleatorias en calles llenas de civiles, gente sin ninguna relación con las causas que los responsables de esos actos defienden; ni que hablar del sentimiento anti-inmigración que se hizo patente en el Reino Unido con el Brexit, aunque existe de igual forma en todo Occidente.
Y sin embargo ahí está la luz al final del camino, la boya entre las tinieblas. Un tema muy presente queda establecido por Jasper, el personaje de Michael Caine, citado al principio de esta nota: la lucha entre tener fe o abandonarse al azar. Sin tratar de idiota a la audiencia, sin sermonear, Niños del hombre abre la cancha para que cada quien tome un partido. Donde sí no quedan dudas es en la confianza de Cuarón en las personas. Por algo la organización a la que los Peces deben llevar a Kee se llama Human Project, el proyecto humano. Cuarón siempre mantiene un ojo en la esperanza, en la fe en los seres humanos por encima de la política y la sed de sangre.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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