Mad Men: la gran serie americana

Hace diez años se emitía el primer episodio de Mad Men, y es la excusa perfecta para recordar una de las series fundamentales de esta Edad de Oro de la televisión
mad men aniversario
“Mad men: un término acuñado a fines de los 50 para describir a los ejecutivos de publicidad de la avenida Madison.
Ellos lo acuñaron”.
La apertura de “Smoke Gets In Your Eyes”, el piloto (primer episodio) de Mad Men, pinta su universo entero en esas dos frases. “Mad”, que significa “loco” o “enojado” y también sirve como abreviatura de “Madison”. “Men”, hombres, porque en la Nueva York de principios de la década de 1960, de equidad de género ni hablemos. Y lo inventaron ellos mismos, ases de la creatividad, constructores de necesidades, malabaristas de las palabras y las imágenes en función del consumo; para nada interesados en enfrentarse con los problemas escondidos detrás de los carteles luminosos de Times Square. El machismo, el racismo, la homofobia, el humo de tabaco.
La ironía de tener que venderle la felicidad y la satisfacción al público cuando uno se siente vacío dentro de su traje hecho a medida.
En Estados Unidos, donde tienen el don de la palabra justa para nombrar las cosas, se habla de la “Gran Novela Americana” como esa que condensará lo que el país es. Su propio Don Quijote de La Mancha o Martín Fierro o Guerra y paz o Los cuentos de Canterbury. La mejor manera de entender el concepto probablemente sea la de no hablar de una única Gran Novela Americana sino de una distinta para cada época, que condense la cultura del país en un momento determinado. Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain para fines del siglo XIX, El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald para los locos años 20, Las uvas de la ira de John Steinbeck para la Gran Depresión o Libertad de Jonathan Franzen para la era Obama. Querer encajar a Mad Men dentro de ese grupo es difícil, obviamente porque no es una novela, pero sobre todo porque no retrata a los Estados Unidos del momento sino a los de 50 años atrás. Aun así es de lo más parecido a la idea de “gran serie americana” que la Edad de Oro de la TV ha proporcionado.
Previo a que viera la luz del sol, jugársela por Mad Men no habría asegurado una ganancia. “Smoke Gets In Your Eyes” se emitió el 19 de julio de 2007 por AMC, una cadena que se especializaba en transmitir películas clásicas y carecía hasta el momento de producción propia. Lo escribió y produjo Matthew Weiner, recién salido del equipo de guionistas de Los Soprano, aunque sin experiencia en el entonces novel rol de showrunner. Lo dirigió Alan Taylor, un realizador veterano de televisión con renombre en el ambiente pero no demasiado fuera de él. De los protagonistas, la actriz más reconocible, Elisabeth Moss, había interpretado a la hija del presidente Bartlett en The West Wing y poco más; January Jones trabajaba como modelo y había tenido algún que otro rol secundario en películas como American Pie 3: la boda; Christina Hendricks tenía su carrera estancada tras un papel en Sala de urgencias; Jon Hamm, el rostro principal del episodio, era prácticamente un donnadie.
Diez años después, la apuesta de AMC por la ficción propia ha llevado a la cadena ha romper todos los récords de audiencia para el cable estadounidense con The Walking Dead, y tuvo en su grilla a otra de las series clave de esta era, Breaking Bad. Alan Taylor ha dirigido algunos de los capítulos más memorables de Game of Thrones (por ejemplo los finales de la primera y segunda temporada; regresa al banquillo de director para el penúltimo de este séptimo año) y estuvo a cargo de dos blockbusters recientes, Thor: el mundo oscuro y Terminator génesis. Elisabeth Moss lidera una de las series del momento, The Handmaid’s Tale; January Jones y Christina Hendricks revitalizaron sus carreras (X Men: primera clase y The Last Man on Earth la primera, Drive y El demonio neón la segunda); Jon Hamm se convirtió en una estrella, con papeles en la reciente Baby Driver, en la comedia hit Bridesmaids (traducida vilmente como Damas en guerra), en el fantástico “White Christmas” de Black Mirror o como el reverendo en el show de Netflix Unbreakable Kimmy Schmidt. Matthew Weiner se erigió en una de las voces más respetadas de la TV estadounidense a pesar de haber trabajado poco y nada por fuera de Mad Men (el año pasado salió de su cueva para dirigir “The Animals”, un episodio bisagra de Orange Is The New Black) y hasta fue incluido en la lista de las 100 personas más influyentes de la revista Time en 2011. “Por encima de todo, es un poeta”, escribió Moss sobre él para esa lista.
Mad Men ganó cuatro veces seguidas el Emmy a mejor serie dramática, un récord compartido con otras tres series (entre ellas The West Wing, algo tiene Elisabeth Moss), pero récord en fin. Y la semilla de todo está en “Smoke Gets In Your Eyes”.
El episodio abre con Don Draper, creativo publicitario de la agencia Sterling Cooper, perpetua e impecablemente trajeado, tomando whisky a la old fashioned. Una revista ha denunciado lo nocivo que el tabaco es para la salud, y Don está encargado de presentarle una nueva campaña publicitaria a los cigarrillos Lucky Strike. En los siguientes 40 y pico de minutos, los temas que la serie exploraría durante siete años quedan ya patentes. Los 1950 fueron de bonanza para Estados Unidos, una década de Baby Boom, de familias reunidas en el living mirando la tele con coca colas de vidrio en la mano, de Elvis Presley sacudiendo la cadera y el vestido blanco de Marilyn Monroe volando con el viento. Todos los problemas de la nación, que son en cierta forma los de las sociedades occidentales en general y que se mantienen en mayor o menor medida hasta hoy, bullían bajo esa superficie reluciente y explotarían en la revolución cultural y sexual de los sesenta. Mad Men narra ese viaje. Ese destape.
En el piloto las actuaciones son tan soberbias como lo serían durante las siete temporadas. El arte y el diseño de producción de época son de un trabajo detalladísimo. La fotografía eleva las pretensiones literarias del guion a la altura del mejor cine. Todo es imposiblemente cool. Y el guion es magnífico. En una serie con tantos diálogos memorables, es sorprendente cuántos están encapsulados en el piloto. “Lo que vos llamás amor fue inventado por tipos como yo para vender medias de nylon”, “vivo como si no hubiera un mañana porque no lo hay”, “te esperabas que yo fuera un hombre, mi padre esperaba lo mismo”, todo el discurso de Don contra Pete Campbell y la escena general del pitch de la idea a los ejecutivos de Lucky Strike. Aunque el ganador es:
“La publicidad se basa en una sola cosa: la felicidad. ¿Y saben qué es la felicidad? Es el olor de un auto nuevo. Es ser libre del miedo. Es un cartel al costado de la carretera que grita asegurándote que lo que sea que estás haciendo está bien. Que vos estás bien”.
Weiner estudió durante años la cultura de la época y escribió primero una película, luego la reconvirtió en un “spec”, uno de esos guiones originales escritos no con la ambición de producirse sino para mostrar el talento del autor y así conseguirle trabajo en las series de otros. Lo leyó nada menos que David Chase, showrunner de Los Soprano, y Weiner saltó de una sitcom olvidada a una de las series más importantes de la historia. Cuando ese trabajo terminó, le dieron vía libre. Lento pero seguro. Una esperanza para cualquier guionista, probablemente la más frustrante de las ramas del arte, de seguro una de sus menos glamurosas, pero capaz de plasmar el zeitgeist de un país en 52 páginas.
Gran serie americana o no, el valor de Mad Men no es exclusivo a Estados Unidos. Y no únicamente por eso de que muchos de los problemas del país son los de Occidente. La sensación de vacío y de insatisfacción que tanto sufren Don Draper y compañía es extraña para unos pocos; antes se la sentía con un cigarrillo en una mano y el diario en la otra, hoy con la pantalla del teléfono iluminando el rostro en la oscuridad y la adicción de turno en la otra mano. La sensación es la misma. Quizá sea hoy más potente todavía, cuando uno entra a una red social cualquiera para pasar el rato y se encuentra con un auto-marketing constante. Cuando antes había que comprar una revista para ver las vidas-mejores-que-la-propia de los demás, ahora basta con entrar a Instagram a ver el último viaje de tal y el bebé divino de tal otro, un cartel luminoso figurativo de Times Square en cada perfil (a veces, también aparece por ahí la Times Square literal). Uno puede alternativamente matarse de risa, llorar o quedarse admirado con la creatividad de los personajes de Mad Men; pero siempre puede pasarse horas o días pensando en la serie, ahí la alternancia es más bien escasa. Pensando en lo que los personajes hacen, en lo que ocultan, en lo que dicen.
“No todas las niñas pequeñas logran lo que quieren, el mundo no podría sustentar tantas bailarinas de ballet”, por ejemplo, de la quinta temporada para salir un poco del piloto. Una visión más realista que pesimista del mundo, lo que no la hace cansina a la The Walking Dead. Filosofía contrastada con pitches fantásticos para comerciales que buscan siempre tocar fibras íntimas de los consumidores, recordarles su familia y su infancia y los tiempos en que todo era mejor. La nostalgia juega un papel importante en la cosmovisión de Don Draper, al menos en la que elige plasmar en su obra publicitaria, lo que la hace también muy adecuada para un alma uruguaya.
Mad Men es además una serie que jamás pierde nivel. Comienza a tope y se mantiene allí. El final dividió en cierta forma las aguas; a quien escribe le pareció fascinante, y no solo porque su adicción de turno es la Coca Cola (la marca tiene que ver con el cierre del show, sin más spoilers). Matthew Weiner mantuvo un control obsesivo sobre el contenido de su criatura a lo largo de toda su duración. Jon Hamm no paró de mejorar en el papel de Don Draper (es el único actor del elenco que ganó un Emmy), al igual que Elisabeth Moss en el de Peggy Olson, January Jones en el de Betty Draper, Christina Hendricks en el de Joan Holloway (las mujeres gradualmente se convierten en el corazón de la serie aun más que el propio Don), y también John Slattery como Roger Sterling o Vincent Kartheiser como Pete Campbell. No hay un solo episodio malo.
Lo que hace a las grandes novelas americanas tan importantes como obras de arte es que no le hablan solo a la gente de Estados Unidos; aun cuando, a diferencia del cine, no suelen tener pretensiones de fama internacional, en líneas generales se pueden adaptar a distintas sociedades y formas de ver y comprender la vida. Mad Men tiene eso. Y así como las grandes novelas son tales desde su primera frase, Mad Men lo es desde “Smoke Gets In Your Eyes”.
Si me disculpan, me voy a tomar un old fashioned.
Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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