La soledad desespera

Julen y la gente sola se planta como una esperanza en el mundo pop-rock uruguayo, con un disco poco recomendable para recién separados pero con un nivel que se acerca mucho al de la perfección
cover
Puntaje: 10
No hay con qué darle: el último año ha sido de lo mejor para el rock nacional en mucho tiempo, y 2015 viene por el mismo camino. Bandas encumbradas recuperaron la esencia, las que venían a medio camino lograron afirmarse y además aparecieron los primeros trabajos de muchas bandas emergentes/ascendentes, que rápidamente cosecharon fanáticos propios. Entre este último grupo y en las posiciones más altas están los chicos de Julen y la gente sola.
A fines de noviembre la banda de Federico Morosini (muchos lo conocerán por su elogiado protagónico en el clip de “Jordan”, de Eté & Los Problems, la mejor canción uruguaya del 2014 según Moog) sacó a la luz su ópera prima con el respaldo del colectivo Estampita Records, y el acertado rumor de que era una obra casi perfecta comenzó a correrse rápidamente. De hecho, confieso que si la hubiera escuchado a tiempo tendría que haber elegido a “Alquimista” como una de las canciones de 2014.
Pop-rock sucio y pegadizo es lo que ofrece Julen y la gente sola con diez temas que rompen el esquema del indie uruguayo con sonidos fuertes (trabajo de Juan Pablo en guitarra, Marcelo en batería y Agustina en el bajo), canciones conectadas con la realidad, gritos y susurros que generan climas verdaderamente disfrutables, de altibajos difíciles de dirigir.
“La chica del mantenimiento” es una composición sublime (“Y qué me importa/Si la vi tan solo una vez/Pudo haber muerto/La chica del mantenimiento”) que presenta la relación con una mujer como línea central del disco que abre y que de inmediato hace recordar a Diego Rebella (no en vano es uno de los invitados del álbum). Federico canta muy parecido al cantautor indie uruguayo, cosa que no es para nada mala, pero sus letras y la sonoridad rockera marcan la distancia y acercan a la banda un poco más a los recién nombrads Eté & Los Problems.
El primer punto altísimo es el segundo tema, “Trotsky Vengarán”, que cuenta irónicamente el encantamiento con una chica fanática de TKY, banda que hace “mucho ruido y poco punk” y que es calificada directamente como una “mierda”. A pesar de todo eso el enamoramiento puede más y la promesa, transando entre el punk y el rock, es la de hacerle la canción más linda a la señorita “aunque nunca la vaya a escuchar/Porque no es de la Trotsky”.
Los decibeles bajan un poco para “Nunca viajé en aviones”, donde aparece Sofía, quien volverá poco después. Con acordes más blandos y el pedido desesperado de que huya para no tener días tan grises, Julen y la gente sola logra mostrar rápidamente en sus primeros temas una relación sentimental desde distintos focos: el del recuerdo permanente, el del deslumbramiento momentáneo, el del sufrimiento acompañado.
“Omnibuses” es aún más emocional, triste y breve, y precede a “Alquimista”, el otro punto altísimo; la mejor de las diez canciones del disco con un estribillo destinado a hacer historia: “Ahora estoy con vos/¿Me podés explicar qué me pasa?/Es mucho mejor que estar solo haciéndome la paja/Un hermoso futuro, mi amor, por nosotros espera/Y sólo te digo que vengas conmigo y/Que me creas”. Cuando bien podría decir “te amo” y ya, el sentimiento es descrito desde un lugar muy distante a lo cursi, desde lo nuevo, desde la salvación mutua y la confianza como constante; y las guitarras estruendosas colaboran a generar adicción.
Pero el primer bloque del disco, el que cuenta una historia de amor desde distintos ángulos y que siempre termina viendo el vaso medio lleno, se rompe con “Julen”. La soledad aparece desde el nombre del tema y el dolor se refleja en cada palabra (“Me canso otra vez de ser hombre/De ver mi maldita sombra en la pared”), lo que continúa sucediendo en “Canción nueva”, con más power rockero y la esperanza de renovación oculta en el ideal (“Ya te hice una copia en mi imaginación/Y ella es mucho mejor que vos”). Ese sentimiento antes tan aclamado comienza a resquebrajarse en las composiciones de Federico, que sabe cómo contar desde un lugar nuevo los vaivenes de una relación hasta su final.
La vuelta de Sofía llega para irse con una despedida sin metáforas en “El último día de Sofía”, en contra de la voluntad del enamorado pero a favor de su resignación, confiando en que un día querrá volver porque el viaje de vuelta es mucho más corto que el de ida. Aunque eso no pasa a juzgar por “Asuntos ajenos”, que se da de cara contra la mentira y los mundos imaginarios y que asume la tristeza y la abraza.
El disco lo cierra “Larry García”, una canción que de golpe parece no tener nada que ver con el resto del repertorio, pero que mirada por segunda vez se transforma en una proyección a futuro del final poco feliz del chico que sufrió por amor y terminó imaginándose cómo sería ser un delivery de pizzas, algo que lo haría mucho más feliz que su triste presente actual, o cómo sería que lo invitara a salir alguien especial.
Con un don latente para la composición, Federico Morosini plasma a través de Julen y la gente sola un sentimiento casi de adolescente que es descrito con sinceridad, ansiedad y dolor desde las letras, y que es manejado por sus músicos para generarle al oyente lo necesario. Apróntense para bailar, pensar, llorar y dedicar estas canciones con cualquier excusa, y déjense llevar por las bondades del pop cuando se transforma en el mejor aliado del rock, clave en este disco.
Belén Fourment (@caradeort)

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