Finales que no lo son tanto

Después de dos años de trabajo, MOOG entra por distintas razones en una suerte de receso y seguirá funcionando como blog esporádico
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Nunca sufrí el síndrome de la página en blanco, gracias a Dios. Es que lo que más me gusta en el mundo es escribir, desde que era niño y tenía insomnio y traté de escribir mi propio Harry Potter. Si hubiera tenido problemas cuando me siento enfrente de una página en blanco, me tendría que haber dedicado a otra cosa. Como si a un amante del fútbol se le enredaran las piernas a la hora de pasar la pelota -eso sí me pasó, y hete aquí que la única pelota que tengo está pinchada y la tienen los perros para jugar-. Por eso me sorprende lo mucho que me está costando escribir esto. Escribí esa frase y me costó tragar. En una de esas, no sé, es mi inconsciente diciéndome que le estoy errando.
MOOG nació como un sueño adolescente, se desarrolló como un proyecto de Facultad en 2013 y creció hasta lo que es hoy: una revista ínfima pero con ganas de hacer las cosas bien. Ínfimos, sí, porque nos leen a diario unas 300 personas y en la pradera interminable de internet eso no es nada. Aunque para mí es un montón. Es que las muy pocas veces que alguien se me acercó y me dijo “bo, leí tu artículo y me re gustó”, o “no estoy de acuerdo contigo pero igual está bueno lo que escribiste”, o “sos la imagen más clara de la decadencia de la educación del paí
”, me sentí contento porque tenía una audiencia, por más chica que fuera. Con eso en mente siempre tratamos de hacer las cosas bien: publicar notas todos los días aunque nadie habría notado si un día no llegábamos; minimizar los errores ortográficos aunque a veces los diarios más grandes del país no lo hagan; buscarle la vuelta para presentar cosas distintas y hacer lo que sentíamos que no había en el medio local.
Arrancamos de a dos con Alejandra Pintos, que hoy escribe en El País, y como la materia para la que armamos el proyecto requería un componente innovador, se nos ocurrió el funcionamiento por crowdsourcing: es decir, que cualquier interesado en publicar un texto podía escribirnos, plantear su idea y hacerlo. No era que descubríamos América, pero terminó siendo la única forma de sostener un proyecto así con solo dos personas fijas, y casi enseguida se probó exitoso para lo que necesitábamos. A medida que la revista crecía y se iba alejando del círculo de conocidos, más y más estudiantes de nuestra universidad y de las demás se fueron acercando en busca de un primer lugar para publicar sus textos; y también gente ajena a la carrera de Comunicación e igual de interesada en ver un proyecto como MOOG en marcha.
Se sumaron como colaboradores Belén Fourment, una de las personas que mejor escribe de cultura en el ambiente local -y que también entró luego en El País-, y Nacho Rissotto, un tipo sin formación en periodismo pero con intereses comunes y un bagaje muy grande de lectura de medios como lo que queríamos que MOOG fuera, lo que le dio de entrada las herramientas para escribir con nosotros.
También pasó gente como Rapkholismo, integrante de AFC, que escribió de hip hop y de la experiencia de su grupo en el festival SXSW. Bruno Larghero, un excelente fotógrafo que nunca había tenido chances para publicar en los medios, se sumó y brindó su talento en decenas de recitales y entrevistas. Joaquín DHoldan nos contactó desde España y se dedicó a escribir columnas sobre artistas de aquel país. Jóvenes con muchísimo futuro como Rodrigo Guerra, Juan José Torres Negreira, Franco Serra, Valentina Machado, Marina Santini o Pilar Villarmarzo; otros con más experiencia e igual disposición como Gonzalo Martín, Manuel Dalmas, Julio Pérez, Rodrigo Pais, Gonzalo Salinas, el Joker, Sebastián Penni o Jessica Moreira; amigos que siempre estuvieron ahí como Agustina Rodríguez, Martín Ibarra o Verónica Zulian; y Josefina Brum y su apoyo constante: todos ellos formaron parte del proyecto, impidieron su caída y lo hicieron crecer. Ya que estoy para agradecer tipo ceremonia de premios, también a la gente de mi otro trabajo, que nunca me dijo nada cuando llegué tarde por alguna entrevista o tuve que hacer algo para MOOG mientras estaba en horario de laburo.
Y aunque por depender de ese formato y no de una plantilla fija muchas veces sufrimos períodos en que tuvimos que dormir poco y nada para bancarla solos, o alguna vez tuvimos que recibir un texto de mala calidad y luchar lo mejor posible por levantarlo, lo cierto es que nos dio muchas alegrías. Además, esa comunicación directa permitió que muchos artistas independientes se nos acercaran para ofrecer sus trabajos y que nosotros pudiéramos repasarlos y darles difusión con cabeza y no solo diciendo “miren, salió esto”.
A mediados del año pasado, Alejandra pasó del digital del diario a la sección de Espectáculos, lo que la hacía pisarse con MOOG, que jamás generó un peso de ganancias, por lo que decidió dedicarse full time a su trabajo formal. Quedé en solitario al mando del timón, lo cual fue un desafío interesante, que disfruté mucho y además -con el recién nombrado trabajo de ocho horas y en la recta final de la carrera en la universidad- sufrí un montón. Me agotó. Más cuando se me ocurrió empezar un ciclo de entrevistas semanales -“Charlas con la industria”- y de perfiles extensos mensuales. Que, ojo, fueron dos tremendas experiencias –además de que el perfil de Gustavo Escanlar llevaba un año y pico rebotando en diferentes medios y pensé que nunca iba a ver la luz-.  Pero cuando a fin de año la mayoría de los colaboradores se fue de vacaciones y otros priorizaron sus trabajos formales, finalmente tras dos años se hizo imposible sostener el ritmo de publicar una nota todos los días por mí mismo. Hasta ese momento, nunca había habido dos días seguidos sin publicaciones.
Ahí entendí que MOOG merece una atención completa, merece un equipo de gente trabajando para sacarla adelante y potenciarla en otras áreas como la publicitaria, y merece alguien que no esté agotado a su frente. Y entendí que el fin estaba en la vuelta: con el proyecto de irme a estudiar al exterior a mitad de año, desde que Alejandra se fue que busqué un compañero de ruta al que dejarle el mando local de la revista, pero nunca apareció. Amagó alguna vez, y la informalidad intrínseca a un proyecto que no genera nada de dinero le jugó en contra en cada ocasión. La camiseta estaba ahí; nadie se la puso.
Por tanto, y como vengo avisando a la gente que ha escrito últimamente para mostrarnos su trabajo, MOOG ha llegado a su fin como revista digital con publicaciones diarias. Pasará a ser más bien un blog, con mucha menos regularidad. Sí seguiremos recibiendo y publicando textos que nos manden, con todo gusto.
Es una verdadera lástima porque después de un año de aguantar como pudimos el 2014 y de un 2015 que fue de crecimiento lento pero seguro, este 2016 pintaba para continuar en esa senda y en una de esas dar un salto cuantitativo y cualitativo. Lo seguro es que no es el final: a la vuelta del viaje, en 2017, la idea es retomar. Ojalá el nicho siga, y la gente que se fue sumando a la idea y leyéndonos y de vez en cuando compartiendo y algunas veces puteando y la mayoría de las veces apoyando y dando para adelante siga ahí también. Las ganas de escribir de lo que nos gusta van a estar.
Con todo esto de la página en blanco, se me ocurrió buscar cómo había hecho Casciari cuando anunció que Orsai terminaba como revista. Por eso de copiar a los que saben. “El año próximo ya no habrá revista Orsai. Le di muchas vueltas a las primeras palabras de este párrafo, pero supongo que es la mejor manera de decirlo”. Tanto me compliqué, y tan fácil que era.
La última nota que escribí para MOOG terminaba contando que se me habían llenado los ojos de lágrimas al otro día del recital de los Rolling Stones, cuando me puse a escuchar de nuevo una de las canciones que más me habían volado la cabeza en el show. No sé si da caer de nuevo en el lugar común, pero ahora me está pasando lo mismo. Y la única música que hay es la del ventilador. Le di muchas vueltas a cómo terminar este texto, pero supongo que la mejor manera de decirlo es esta: nos vemos a la vuelta. Espero sigas ahí.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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