El problema con la quinta temporada de “House of Cards”

El buque insignia original de Netflix nunca fue perfecto, pero sus debilidades más fuertes volvieron a hacerse evidentes
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Foto: Netflix
Una telenovela. Eso ha sido siempre House of Cards en el fondo. Quienes se quejan hoy de que su última temporada tiene ribetes ridículos parecen haberse olvidado de que Frank Underwood asesinó a un candidato a gobernador y luego a una periodista, a esta última en un lugar público. No, la ridiculez no es el problema de House of Cards en 2017.
Tampoco lo es que los sucesos de la administración Trump de a ratos superen a la serie de Netflix en locura e incluso en malicia (un proyecto de ley nuevo dejaría a 22 millones de personas sin cobertura médica… y hay senadores reales que creen que no es suficiente); a fin de cuentas, eso no es culpa de los guionistas. Como dijo Mark Twain: “Por supuesto que la realidad supera a la ficción. La ficción tiene que tener sentido”.
Los problemas de la quinta temporada de House of Cards siempre habían estado ahí. El principal es la falta de buenos personajes secundarios, que mantengan el interés cuando ninguno de los Underwood está en pantalla. El segundo, y también clave, es que pierde ese sentido del que hablaba Twain sobre el final de la temporada, en busca de un cierre shockeante. El tercero más que una debilidad es una necesidad: House of Cards no debería estirarse más de una o a lo sumo dos temporadas más para no desmoronarse por completo.
Una aclaración: todo esto no quiere decir que la temporada sea mala. Tiene sus momentos: sin caer en spoilers, el primer capítulo es sorprendente sin giros rebuscados; el desarrollo de la trama de las elecciones presidenciales es complejo y muestra a Frank y Claire en su mejor peor forma, con las actuaciones de Kevin Spacey y Robin Wright (que también dirige su buena cantidad de episodios) en el nivel acostumbrado e incluso más terroríficos de lo habitual; Patricia Clarkson en un rol no cómico es un agregado interesante aunque su personaje resulta un poco omnipotente de más. Le falta quizá una dosis mayor del humor negro de antaño, y se extraña a Mahershala Ali como Remy Danton, si bien se entiende que ahora el actor está para ganar óscars y no para la tele.
El tema es que no hay ningún pasaje tan emocionalmente fuerte como el intento de homicidio de la cuarta temporada, mucho menos como la muerte de Zoey Barnes en la segunda o aquel instante final de Frank entrando al Despacho Oval y golpeando dos veces el escritorio con su anillo. En cuanto a la historia macro, hay tramas muy confusas, en particular todo lo que tiene que ver con Aidan Macallan y la NSA. No se explora lo suficiente la presencia de ICO, esta organización tipo Estado Islámico. Y la forma en que se trata a Will Conway, el candidato republicano a la presidencia, parece injusta con un personaje que daba para más.
Los secundarios y sobre todo los terciarios son los que terminan de tirar del show hacia abajo. Hay que ver cómo Orange Is The New Black, el otro buque insignia de Netflix, maneja un elenco mucho más grande y logra que cada pequeña pieza se sienta importante. O cómo lo hacen en Game of Thrones, o cómo lo hacían en The Good Wife, Mad Men o Breaking Bad. En House of Cards hay dos grandes luminarias, y el resto quedan eclipsados por completo. Los actores en menor o mayor medida están bien; aquí la culpa es de los guiones. Doug Stamper sigue siendo un personaje de lo más raro, siempre hablando con su voz de recién despierto de la siesta, envuelto en un par de romances que suenan falsos y en una espiral de depresión desconectada con los temas y ni que hablar las tramas principales de la serie. La actriz Neve Campbell hace un trabajo correcto con el escaso material que le dan en el rol de Leanne Harvey, pero el personaje se queda corto, desperdiciado. Los aspectos periodísticos siguen siendo claves, sin embargo House of Cards jamás ha hallado a otra actriz ni otro personaje que funcionen como Kate Mara en el papel de Zoey Barnes: no lo hizo Lucas en el pasado, no lo hace ahora Sean Jeffries, quien de golpe y porrazo además termina trabajando en la Casa Blanca sin que quede claro cómo ni por qué. Más o menos lo hace Tom Hammerschmidt, el editor del diario, aunque se sabe tan poco de él que no resulta tan atractivo.
Con la partida de Beau Willimon, el creador de este show y su productor creativo hasta el año pasado, había mucho en juego. Frank Pugliese y Melissa James Gibson tomaron las riendas, y con el diario del lunes se puede entender qué responsabilidad tienen ellos en que esta última tanda de episodios no funcione con el mismo nivel de otros años. Los dos entraron a la serie como escritores en la tercera temporada, la primera en que House of Cards se tambaleó, y les pasa lo mismo ahora.
He aquí ese tercer problema/necesidad de darle un cierre pronto a la serie. El crecimiento de Frank Underwood como personaje básicamente culminó con esa entrada al Despacho Oval comentada antes. La tercera temporada fracasó por no saber cómo manejar a Frank una vez que ya había conseguido su objetivo; la cuarta mejoró porque los errores que había cometido en el pasado volvieron para morderlo. Esta vez, Pugliese y James Gibson eligen que ni Frank ni Claire cometan prácticamente errores y por el contrario los ponen otra vez en camino ascendente (esa falta de lógica de los últimos capítulos se vincula con esto, donde parecía que seguía la línea de la cuarta temporada resultó ser otra cosa bastante más tonta, demasiado maquiavélica). Incluso esa tercera temporada tenía sus bases emocionales potentes en el alejamiento entre los Underwood, una profundidad que aquí falta y es sustituida por más cinismo y giros rebuscados.
Lo peor de todo es que el final es fuerte. Es una lástima que el camino hasta él trastabille tanto.
Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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