El amor según los Buenos Muchachos

Una de las bandas más particulares del rock uruguayo retorna tras una espera de cuatro años con un disco que supone un cambio bastante pronunciado y para bien
buenos muchachos nidal
Puntaje: 9
El Nidal de Buenos Muchachos es un disco que requiere de varias escuchas. En la primera, si a uno lo agarra con la guardia baja, lo descoloca: un álbum luminoso, si bien nunca 100% alegre, desprovisto en gran medida de los viajes guitarreros que supieron caracterizar a la banda y también de las letras inescrutables de Pedro Dalton. En lugar de eso, Nidal ofrece canciones de amor. Filtradas, claro, a través del lente de uno de los grupos más particulares de la escena nacional.
Luego del denso disco doble Se pule la colmena, que reinició su carrera después de una pausa que se había hecho demasiado larga, los Buenos Muchachos llegan en un momento alto de su carrera -entre disco y disco supieron, por ejemplo, actuar en el Teatro Solís- y también en un momento personal destacable: además de datos sabidos, como el éxito arrollador que el guitarrista Gustavo “Topo” Antuña tiene con El Cuarteto de Nos, hay que poner Nidal en el contexto de Rengos con Nike, el sensacional trabajo de entrevistas con la banda elaborado por Nelson Barceló y publicado en 2013. En él se ve a un grupo que atravesó etapas durísimas, marcadas por el consumo de drogas complejas, una oscuridad a la que habían logrado derrotar; Pedro Dalton, que es el foco principal del libro, aparece como un hombre enamorado y eso se ve en este disco como nunca antes.
Donde Se pule la colmena también había buscado pasajes acústicos y había conseguido canciones de amor visceral como “Sin más”, era un trabajo más variado y complicado: uno sale de escuchar ese tema o “Mi rincón” con una bola de sentimientos diferentes en el estómago. Esto no quiere decir que Nidal despierte sonrisas, pero sí genera sensaciones más parejas, está más direccionado.
La apertura con “El poeta y el amor” es más bien oscura, aunque esa misma canción va evolucionando y dejando entrar la luz, a medida que gana peso uno de los protagonistas del disco, el teclado de Ignacio Gutiérrez. Entrelazado con las guitarras de Antuña, Marcelo Fernández y la del nuevo integrante Francisco Coelho, más los coros que se agregan sobre el final, suponen una introducción más que atinada a lo que se viene. Los Buenos Muchachos en estado reflexivo, siempre dispuestos a probar cosas nuevas y romper sus propios moldes -como reducir al máximo los solos de que son capaces Antuña y Fernández, quizá la mejor pareja de guitarristas del Uruguay-, y en esta ocasión tendientes a la alegría.
La tranquila balada “Viaje cerca” y la más extensa “Se hizo bosque ese desierto” (que tiene, esta vez sí, un sensacional cierre de solos de guitarra combinados) son otros ejemplos de temas en ese sentido, en particular el primero (“Te amo/Te sueño/Yo ya me voy no lejos más”, canta el mismo Dalton que en el clásico del grupo “Y la nave va”, del Uno con uno y así sucesivamente de 2006, cantaba “pienso en no volver”). Mientras tanto, “Bella y el bestia” cuenta una historia de prostitución que si bien no es obviamente alegre, sí trata sobre el amor desde otro punto de vista: amor de madre, con versos como “el cansancio premia cuando paga educación”; y otros como “Bella está ahora donde tiene/Que estar/Donde el amor se detiene/No hay”, que muestran una faceta más triste todavía de esa lucha. Este último también experimenta varios cambios de ritmo que son, a falta de un mejor adjetivo, muy buenomuchachenses.
El corte de difusión “A mi manera”, dedicado a la abogada trans Michelle Suárez y el colectivo Ovejas Negras, incluye en primer plano el potente bajo de Ignacio Echeverría, otro miembro nuevo de la banda, que sin exagerar salva con nota alta el examen. Con seis minutos de largo, se trata del tema más largo del disco y una de sus piezas centrales, no solo por lo bien que sintetiza el sentimiento tanto musical como letrístico de Nidal, sino porque su mensaje de identidad es otro muy presente a lo largo de las canciones que lo componen. “Nadie tiene por qué/Ser contrario a que es”, canta Dalton. Lo mismo aparece en “El regreso”, con el estribillo “Vamos nena a ser quien ser”, y en cierta forma en “Uno con uno, mismo”. En esta la identidad parece ser la de los propios Buenos Muchachos, ya que la banda revisita otra frase del pasado, también de “Y la nave va”: el cierre de “In the sun/I was your help” (“En el sol/Yo fui tu ayuda”), encarado esta vez desde un costado lleno de luz cuando había sabido suponer un pasaje prácticamente depresivo. Esa oferta de ayuda ahora en presente cuando antes había sido en pasado, con el agregado de un verso más que dice “Ask for my help” (“Pedime ayuda”).
En esa nota alegre cierra Nidal, cuyo nombre tiene que ver con “nido”, y que fue grabado en Lomas de Solymar en una casa de forma bastante rústica. Otro cambio más para la banda.
Antes de “Uno con uno, mismo”, tres destaques más: el instrumental “Sloanne”, un típico viaje de los que acostumbra lograr el grupo, aunque por típico no merece menos aplausos; “Tonight”, un tema que entra como una tromba en el canon clásico de Buenos Muchachos, aunque resulte ser casi bailable a caballo de la batería de José Nozar -un verdadero obrero de la percusión que siempre desde un segundo plano se erige como uno de los responsables principales del poder emocional del disco-; y “Sí barre”, la única participación como vocalista de Marcelo Fernández.
Esta última es quizá el tema que menos represente a lo que es Nidal en su conjunto, más cerca de las canciones más profundamente viscerales de la discografía del grupo, con unos “uuuahuuuh” de Fernández que dan escalofríos, mientras la batería va escalando y haciendo subir el ritmo cardíaco. Es un combo brutal.
De nuevo, es un disco que sin dudas requiere de varias escuchas. Un álbum que hay que hacer un esfuerzo por comprender en todos sus aspectos, y quizá aun así a uno se le escapen algunos detalles. Es que si bien es más bien rústico en su instrumentación, carente de la densidad de ruidos que supieron vestir otros trabajos previos, sigue siendo un paso hacia terreno poco transitado por los Buenos Muchachos. En el arte del librillo interno del disco -que vale comprar en físico solo por la textura extraña de la tapa- los integrantes de la banda están sentados en un tren en el museo de transporte Fernando García. Un símbolo de cómo son artistas siempre pensando en ir hacia adelante.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

One comment

  • Jorge  

    Me gusta mucho la música de los buenos, me parecen una banda increíble . Siempre apostando a mas. Y la crítica , esta muy buena.

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