Black Mirror a la vuelta de la esquina

Repasamos la tercera temporada de la serie británica, ahora adoptada por Netflix y con el doble de capítulos que en sus dos primeras encarnaciones
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Puntaje: 9/10
Los siete episodios con los que Black Mirror contaba hasta ahora pintaban en general universos distópicos perturbadoramente plausibles -podés leer más sobre ellos en este link-, con una crítica inteligente a la obsesión por las pantallas negras de celulares, computadoras y televisiones. Ese tipo de críticas abundan en shows de stand-up pésimos (“se supone que estamos más conectados que nunca, ¡y ya no nos hablamos cara a cara!”) y en películas con visión retrógrada como este tráiler, pero en la tanda pre-Netflix de Black Mirror presentan una factura técnica de tal excelencia y un ángulo tan retorcido que la crítica y el miedo al futuro cercano resultan aterradores y actuales, no risibles y antiguos. Cada uno de esos siete finaliza con un sentimiento de depresión y tristeza tan grandes que es altamente recomendable no verlos uno detrás de otro, aunque a veces es inevitable. Eso cambia en la tercera temporada. Por primera vez se ve la luz al final del camino. Y eso es bueno.
Puede tener que ver con la partida de la siempre gris y cínica Gran Bretaña hacia Estados Unidos, la tierra del optimismo y el streaming, un giro en la visión que medios como Vice consideraron negativo (en una nota ridícula en la que acusa a la serie de haber pasado de “inteligente” a “masiva”, como si una cosa cancelara a la otra). Pero además de que esta nueva mirada reduce las ganas de saltar por la ventana al terminar de ver cada episodio, significa también un paso adelante para Black Mirror y su creador Charlie Brooker: en vez de quedarse con el más de lo mismo, se permite explorar otras posibilidades para la humanidad tecnológica. Sigue habiendo unos dolorosos golpes al estómago del espectador, de todas maneras, y en eso no hay nadie más experto.
Los mejores episodios del show -dejando de lado, quizá, al fenomenal especial de Navidad 2014, “White Christmas”- son los que mantienen un pie firmemente clavado en el presente y se hacen así más contundentes: el célebre “The National Anthem”, con su primer ministro forzado a tener sexo con un cerdo, no presenta ninguna tecnología que no exista desde ya; este año se presentó un muñeco inflable tan realista que recuerda demasiado al de “Be Right Back” (la experta en sexo de Vice lo probó en un video no apto para ver en el trabajo) y su historia de amor maldito; muchos identifican la campaña electoral de Donald Trump en Estados Unidos con la del personaje televisivo animado de “The Waldo Moment” y (eso tal vez le dé el potencial dramático que el episodio no tiene en el vacío, ya que visto así es el más débil de todos); y los lentes de Google son un paso en la dirección de “The Entire History of You”. En esa misma línea se mueven “Nosedive” y el desgarrador “Shut Up and Dance”.
Dirigido por Joe Wright (el de Orgullo y prejuicioExpiación, deseo y pecado), “Nosedive” presenta una exageración de la cultura del “me gusta”, con una red social en la que la gente valora con estrellas los intercambios personales que tiene a diario. Así se va elaborando un ranking clave en su día a día (hay locales que no abren las puertas a alguien con menos de 2.5, por ejemplo). La exageración no es tanta, realmente: no solo existe de verdad una red social para rankear personas (se llama Peeple, generó una catarata de críticas cuando se la anunció, y podés descargarla acá), sino que la persecución del “like” y el presentar una vida lo más perfecta posible en las redes es algo muy real ya hoy. Uno se siente asqueado de entrar a Instagram en los momentos inmediatamente posteriores a mirar “Nosedive”.
Pero es uno de esos que no termina con un bajón tremendo sino casi con una sonrisa, y eso le juega muy a favor. Tampoco es un episodio jugado solo por eso, sino por ser el primero de Black Mirror en situarse en Estados Unidos, más específicamente en una California insoportablemente color pastel. Incluso tiene a una actriz londinense, Alice Eve, poniendo su mejor acento yanqui. Y con el protagonismo de una Bryce Dallas Howard que deja todo en la cancha, desde su risa falsa practicada frente al espejo hasta su explosión ineludible, es un capítulo triunfal. Cómico, además, al estar escrito por un par de veteranos de Parks & Recreation -una de ellas, la gran Rashida Jones-.
El segundo, “Shut Up and Dance”, es sí un Black Mirror de la vieja escuela. Una patada en el estómago que demora horas en irse. El problema es que recuerda un poco a “White Bear”, aquel en el que una chica sufría una persecución bizarrísima y desesperante hasta que se revelaba el secreto oscuro detrás del circo montado a su alrededor. Este esquiva las tecnologías futuristas con la historia de Kenny, un joven al que le hackean la computadora y lo filman a través de la webcam, para luego extorsionarlo y darle una serie de órdenes cada vez más extrañas. Cuenta con la participación destacada de Jerome Flynn, el Bronn de Game of Thrones, aunque el premio hay que dárselo a Alex Lawther por su interpretación del perpetuamente angustiado Kenny. La vuelta de tuerca del final no está sacada del sombrero como la de “White Bear”, sino que es mucho más dolorosa. Además, da más miedo, gracias a su director James Watkins, el mismo de La dama de negro.
“San Junipero”, el cuarto capítulo de la temporada y el segundo situado en California, es engañoso en cuanto a este concepto de basarse en la realidad: de arranque está situado en los años 80, y hay que estar atento para notar los elementos extraños antes de que el episodio desenrede su aspecto futurista. Y qué primeros 20 minutos de ignorancia: en ese primer acto, “San Junipero” cuenta los inicios de la historia de amor entre dos chicas, Kelly (la británica Gugu Mbatha-Raw) y Yorkie (la canadiense Mackenzie Davis). El segundo acto empieza a mostrar qué hay detrás, y el tercero supone los 20 minutos más emotivos de Black Mirror hasta ahora.
Genuinamente sentidos, sin una pizca de ironía ni humor negro, con una tecnología irreal pero a la que, por una vez, Charlie Brooker presenta como más luminosa que oscura. Es un final positivo, casi alegre en el marco de una tragedia, y dentro de un contexto de implicancias filosóficas complejas. Es una hora de TV fantástica, que vale la pena ver con la menor idea previa de lo que sucederá. No por nada está dirigido por Owen Harris, autor de “Be Right Back”, el episodio más devastador de la serie hasta el momento. El tipo sabe de emocionar.
La temporada, vista en su orden original, culmina con el thriller policial “Hated In The Nation”, que estira la duración a una hora y media sin que se note ni un poco. Aquí Charlie Brooker se vale de la fórmula del policial clásico, incluyendo una agente solitaria, cansada y de pocas palabras, es decir un cliché elevado pura y exclusivamente por la buena performance de la escocesa Kelly Macdonald (la que le puso la voz a Merida en la animada Valiente de Pixar, y quien también supo interpretar brevemente al fantasma de Rowena Ravenclaw en Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2). Brooker no intenta subvertir en nada la estructura, pero sí introduce otra nueva ola de tecnologías absolutamente posibles en el futuro inmediato; lo más llamativo son abejas robóticas que se suman a las naturales para evitar su extinción, un problema real que enfrenta la humanidad. Apenas se las ve son un invento simpático, hasta que uno recuerda que está mirando Black Mirror y empieza a preguntarse qué va a salir mal.
El otro costado del episodio es uno actual, el de los linchamientos en las redes sociales, tal vez uno de los aspectos más aterradores de internet, y que Brooker por supuesto lleva al extremo. Para ello cuenta con la dirección, muy personal sin llegar a ser ostentosa, de James Hawes, y la actuación destacada de Faye Marsay (reconocible por su rol como la entrenadora/rival de Arya Stark en las últimas dos temporadas de Game of Thrones) como la nueva compañera del personaje de Macdonald.
Del lado negativo de esta última temporada de Black Mirror se debe colocar a “Playtest”, que se mete con los videojuegos de realidad virtual para una historia de suspenso y terror psicológico. Lamentablemente el twist del final lo termina convirtiendo en un chiste de humor negro, si bien uno muy bien logrado. No es un mal episodio, para nada; sencillamente no está a la misma altura que los demás.
El que sí desbarranca del todo es “Men Against Fire”, un capítulo de militares-versus-zombies que genera tensión y tiene un giro sorprendente al final, sí, y de todas maneras no funciona. Quizá sea un tema de la suspensión voluntaria del descreimiento: la utilización de la tecnología del recordado “The Entire History of You” (tercer episodio de la primera temporada) para demostrar los horrores a los que puede llegar un gobierno sediento de sangre se termina volviendo demasiado enrevesada, y resulta poco creíble. La última escena en particular se cae por donde se la mire. Todo esto a pesar de que está fenomenalmente dirigido por Jakob Verbruggen -quien estuvo a cargo del último par de episodios de House of Cards este año-, con uso frecuente de planos en primera persona tipo videojuego first person shooter, a lo Call of Duty, y con muy buenas actuaciones del inglés Malachi Kirby, Madeline Brewer (Tricia Miller en Orange Is The New Black) y Michael Kelly, otro de House of Cards (allí interpreta a Doug Stamper). No por casualidad “Men Against Fire” es el más enclenque y el que más se aleja de la actualidad.
Es que esa es la mayor fuerza del Black Mirror 2016: se siente en general, si no del 2016, entonces no más allá del 2020. Y eso le da muchísimo más peso dramático.
Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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