13 Reasons Why: un montón de buenas intenciones

La serie de suicidio adolescente de Netflix es un hit y va camino a ser el Stranger Things del 2017, pero ¿es para tanto?
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Imagen: Netflix
Puntaje de la temporada: 7
Cualquier muerte resulta un shock, cualquier muerte deja un montón de preguntas, pero pocas lo hacen tanto como un suicidio. Ni que hablar de un suicidio adolescente. Es el peor puzzle del mundo: si intentás armarlo, hay grandes chances de que te encuentres entre las piezas. Por eso es tan potente el gancho de 13 Reasons Why, la última serie de Netflix en provocar una ola de fanatismo internacional. Es su virtud principal, junto con su factura técnica. Pero también es una mochila muy pesada.
El concepto tiene tanto gancho que es casi perfecto. La liceal Hannah Baker se suicida sin ninguna nota ni carta, solo deja una caja con siete cassettes y un mapa. En cada cara de cada cinta está narrada una de las trece razones por las que se quitó la vida (la cara catorce está convenientemente en blanco), y cada uno de esos motivos está atado a una persona del Liberty Highschool. Las regla es que primero las recibirá el de la cara uno, que luego de escucharlo todo debe pasárselas a quien sigue; de lo contrario, una caja idéntica será publicada por alguien de confianza de Hannah y ahí, hablando mal y pronto, se quema todo.
13 Reasons Why comienza cuando Clay Jensen, amigo y excompañero de trabajo de Hannah, y un nerd bastante típico (por no decir cliché: no interesado en los deportes, poco sociable, de niño miraba El señor de los anillos en loop) recibe la caja y queda descolocado. Él es buen tipo, ¿qué tiene que ver con la muerte de Hannah? Y como es tan buen tipo -y esto a fin de cuentas es televisión- le es imposible escuchar todo a la vez, es demasiado para él. Entonces, por supuesto, la serie consta de trece capítulos y en cada uno Clay escucha un cassette y acompaña a Hannah en flashbacks de sus problemas, desde los bastante tontos a los habituales a los brutales y sórdidos. Todo mientras en el presente intenta hablar con quienes ya han escuchado los cassettes para entender si lo que la chica cuenta es cierto, y terminar de armar el puzzle.
Eso último es lo que hace que el gancho sea “casi” perfecto: en la novela original de Jay Asher, el protagonista escucha todo de corrido en una noche; aquí se nota demasiado la mano de los productores y eso puede volverse bastante molesto, hasta que se logra dejar de prestarle atención. Pero la intriga es tanta y es manejada con tal destreza que es difícil de abandonar el carro de Hannah Baker. Hay razones que carecen de la fuerza necesaria, pero también hay una buena cantidad de giros inesperados. Es un espiral. Un espiral descendente.
A pesar de no tener unos guiones de calidad demasiado alta -muchos diálogos pecan de torpes, abundan los lugares comunes de película teen, ninguno de los involucrados parece conocer las palabras “sutileza” ni “subtexto”- y de algún que otro actor por debajo del nivel requerido -señor Porter, lo estamos mirando a usted-, hay que destacar el costado técnico del show. Los juegos con el color -el presente tiene siempre un tono azulado, mientras que los flashbacks son mucho más cálidos-, las distintas formas en que se salta de una línea temporal a otra, y sobre todo las actuaciones de Dylan Minette (que el año pasado estuvo en No respires) como Clay y de Katherine Langford como Hannah. Él se dedica la primera mitad y pico de la serie más a ser un observador, pero ella es la columna sobre la que se apoya todo, y maneja con profesionalismo el carisma y la soltura de la Hannah más alegre y el dolor y la fragilidad de su versión más golpeada y deprimida. Además se debe resaltar a la exGrey’s Anatomy Kate Walsh en el rol de la madre de Hannah, la persona más visiblemente cambiada por la muerte de su hija.
Ahora, lo malo, y para eso se requiere una ALERTA DE SPOILER (o, si preferís, ESPÓILER). No se discutirán detalles, pero si todavía no viste la serie y querés hacerlo, quizá prefieras evitar los párrafos siguientes.
13 Reasons Why es muy consciente de su trasfondo fuerte de drama social, y -como dicho antes- elige la ruta más evidente para contar su mensaje. Esto no es malo per se, de hecho es destacable la vocación explícita de los responsables de la serie por construir un elenco ultra diverso (hay gente de todas las etnias y casi todas las sexualidades, aunque no hay nadie ni con un ápice de sobrepeso). Sin embargo, en su afán por decir cosas importantes, 13 Reasons Why intenta tocar todos los conflictos actuales posibles y así pierde foco.
Están los problemas clásicos de adolescentes: bullying, rumores y mentiras, amistades que se rompen y se convierten en relaciones tóxicas, amores que parecen darse pero no. Otros más sociales/universales: la depresión, la soledad, los problemas económicos, la lucha de los comercios familiares por sobrevivir contra las grandes superficies, una chica hija de padres homosexuales que no quiere admitirse a sí misma que es lesbiana para que no le “echen la culpa” a sus padres. Además hay dos que quedan minimizados en comparación con el resto: un chico que publica un poema de Hannah en contra de su voluntad, y aunque lo hace anónimamente y todos coinciden en que el poema está bien a ella le duele; otro chico que se roba los papelitos con “halagos” que le dejan a Hannah en una clase de Comunicaciones y la lleva a ella a preguntarle “¿por qué a mí?” a los gritos en pleno pasillo (este capítulo es por lejos el peor de la serie).
Y luego están los conflictos de tipo sexual: stalkers que sacan fotos a escondidas, la porno venganza (difundir fotos o videos sexuales de otra persona), la cosificación, la humillación de las chicas por tan solo los rumores de que hayan tenido sexo (mientras el hombre es un winner), el abuso en general. Fundamentalmente la serie se mete con eso que en inglés llaman “cultura de la violación” (rape culture) y que abarca todo el espectro del tema: los hombres que no aceptan un no como respuesta, el echarle la culpa a la víctima, la dificultad que enfrenta una mujer para que le crean y para encontrar ayuda.
Todo esto no podría ser más actual y está claro que los showrunners tienen buenas intenciones, pero, de nuevo, el problema es la falta de foco. Trece razones son muchas; demasiadas, por eso hay por lo menos un par que no tienen sentido. Quizá habría servido un poco más de humor para balancear los momentos dramáticos. El “villano” es tan, tan malo que en el primer episodio se lo compara con Darth Vader y desde ahí solo empeora. Y sobre el final se agrega con fórceps un comentario sobre la facilidad para comprar armas y los asesinos en serie, tantas veces hombres blancos jóvenes que se sienten excluidos. La intención es obvia: una segunda temporada. Pero no hace más que enredar más la cinta del cassette.
Al tratar de suicidio adolescente de forma automática viene a la cabeza Heathers, la comedia negra de fines de los 80 con Christian Slater y una jovencísima Winona Ryder. En ella se satiriza salvajemente la suerte de sistema social de los liceos estadounidenses, los estamentos de popularidad y la exaltación de los deportistas por encima de todo, a través del falso suicidio de una chica popular que convierte el quitarse la propia vida en algo glamuroso. Esa inteligencia no está presente en 13 Reasons Why. Lo que ves es lo que hay. Es una pena, porque podría ser mucho más profunda; en cambio se queda en un montón de buenas intenciones.
Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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